¡Para que no se olvide!

portada vivas en su jardinA medida que lees el libro, sientes que doña Dedé te está mirando a los ojos y te lo está contando a tí, sólo a ti.   Lo narra  en un tono familiar, sin rebuscamientos, como ella es.  Cada trozo que lees es acompañarla en su recuerdo;  conocer  el camino que recorrieron sus padres,  pasear con ella y revivir los joviales recuerdos de una niñez, de una adolescencia feliz y plena… pero también la frustración,  el temor, la rabia  de vivir bajo las uñas  y la ira enferma  de un sátrapa demoníaco ( a quien ¡ver para creer!  el mismísimo Jesús lo justifica en la página 260 del libro de la premiada nieta del tirano).

“Después de apresarlas la condujimos al sitio cerca del abismo, donde ordené a Rojas Lora que cogiera palos  y se llevara a una de las muchachas.  Cumplió la orden en el acto  se llevó a una de ellas, la de las trenzas largas (María Teresa); Alfonso Cruz Valerio eligió a la más alta (Minerva), yo elegía a la más bajita y gordita (Patria), y Malleta, al chofer (Rufino).  Ordené  a cada uno que se internara en un cañaveral a orillas de la carretera, separados todos para que las víctimas no presenciaran la ejecución de cada una de ellas.  Ordené a Pérez Terrero que permaneciera en la carretara a ver si se acercaba algún vehículo o alguien que pudiera enterarse del  caso.  Yo no quiero engañar a la justicia,  ni al pueblo.  Traté de evitar el desastre, pero no pude, porque de lo contrario nos habrian liquidado a todos” (declaraciones ante el tribunal de Ciriaco de la Rosa, -el asesino de Minerva-. Pág. 252).
“Aquí va una desgraciada viva- decia Ciriaco de la Rosa, refiriéndose a  Minerva Mirabal que áun tenía vida- deja que lleguemos a llí para que la terminemos de arreglar.  Al llegar al sitio por donde lanzamos a las Mirabal, Ciricao se desmontó lleno de cólera.  Haló fuertemente a la muchacha que quedaba aún con vida.  Era alta y delgada y tenía el pelo recortado casi  “a lo boy”.  Con improperios, De la  Rosa la  arrastró entre la carretera y la hierba.
La colocó allí.  Buscó  el garrote y le cayó a golpes.  La remató totalmente.  De la Rosa le propinó numerosos garrotazos.  Quería estar seguro de que estaba bien muerta.  Cuando paró de dar golpes estaba lleno de ira.  Cansado, sudando copiosamente.  Con la respiración trabajosa.  Yo me lo figuraba como la representación de Satanás” (testimonio de Ramón Rojas Lara, el asesino de María Teresa, pág. 253).

Rafael Leónidas Trujillo Molina, enjendro, estés donde estés, te deseo lo peor.
Premio Nacional de Literatura… que….m…. qué decepción!!!

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