Cada sábado, un cuento

A partir de hoy, sábado 6 de septiembre, mi compromiso es buscar un buen cuento y contárselos.  Ponerlo aquí, en mi rinconcito, para que lo lean y en algún caso, lo relean.

La buena literatura no pasa nunca de moda.

 Desde siempre ha habido genios de la creación, de la imaginación, que han dado vida  a personajes, historias y situaciones inolvidables, y mejor aún,  situaciones que a pesar de los años, se adaptan como si nada al mundo de hoy día.

Lo digo sin dudar ni un segundo:  uno de los mejores cuentistas latinoamericanos es Juan Bosch.  Su manera de contar las historias, su  gran conocimiento de la psicología,  de la idiosincrasia  del dominicano, las denuncias sociales que guardaban la mayoría de su cuentos, hacen que lo prefiera por mucho ante otros cuentistas.

“Los Amos”  la historia de Cristino y don Pio,  inaugura la sección.    A los patrones,  a los jefes,  a los políticos, a los gobernantes, a la doña de la casa, no les importa la vida de su empleado, del pueblo, luego que de él obtiene lo que quiere.  Al final, para esta gente, el peón, el pueblo, el empleado, es siempre “un malagradecido”.

Los amos

Juan Bosch

       Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca, don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo.

      -Le voy a dar medio peso para el camino. Usté esta muy mal y no puede seguir trabajando. Si se mejora, vuelva.

      Cristino extendió una mano amarilla, que le temblaba.

       -Mucha gracia, don. Quisiera coger el camino ya, pero tengo calentura.

       -Puede quedarse aquí esta noche, si quiere, y hasta hacerse una tisana de cabrita. Eso es bueno.

       Cristino se había quitado el sombrero, y el pelo abundante, largo y negro le caía sobre el pescuezo. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro, de pómulos salientes.

       -Ta bien, don Pío -dijo-; que Dio se lo pague.

       Bajó lentamente los escalones, mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos.

       -Que animao ta el becerrito -comentó en voz baja.

       Se trataba de uno que él había curado días antes. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente.

       Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. Don Pío era bajo, rechoncho, de ojos pequeños y rápidos. Cristino tenía tres años trabajando con él. Le pagaba un peso semanal por el ordeño, que se hacía de madrugada, las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre, pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa.

       Don Pío tendió la vista. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo, y sobre los matorrales, las nubes de mosquitos. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa, pero el rancho de los peones no tenía ni puertas ni ventanas; no tenía ni siquiera setos. Cristino se movió allá abajo, en el primer escalón, y don Pío quiso hacerle una última recomendación.

       -Cuando llegue a su casa póngase en cura, Cristino.

       -Ah, sí, cómo no, don. Mucha gracia -oyó responder.

       El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco, perdidas hacia el norte, todo fulgía bajo el sol. Al borde de los potreros, bien lejos, había dos vacas. Apenas se las distinguía, pero Cristino conocía una por una todas las reses.

       -Vea, don -dijo- aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana, porque no le veo barriga.

        Don Pío caminó arriba.

       -¿Usté cree, Cristino? Yo no la veo bien.

       -Arrímese pa aquel lao y la verá.

       Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle, pero siguió con la vista al animal.

       -Dese una caminata y me la arrea, Cristino -oyó decir a don Pío.

       -Yo fuera a buscarla, pero me toy sintiendo mal.

       -¿La calentura?

       -Unjú, me ta subiendo.

       -Eso no hace. Ya usté esta acostumbrado, Cristino. Vaya y tráigamela.

       Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Sentía que el frío iba dominándolo. Levantaba la frente. Todo aquel sol, el becerrito…

       -¿Va a traermela? -insistió la voz.

 Con todo ese sol y las piernas temblándole, y los pies descalzos llenos de polvo.

       -¿Va a buscarmela, Cristino?

       Tenía que responder, pero la lengua le pesaba. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba.

       Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Eso asustó a Cristino.

       -Ello sí, don -dijo-: voy a dir. Deje que se me pase el frío.

       -Con el sol se le quita. Hágame el favor, Cristino. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro.

       Cristino seguía temblando, pero comenzó a ponerse de pie.

       -Si: ya voy, don -dijo.

       -Cogió ahora por la vuelta del arroyo -explicó desde la galería don Pío.

       Paso a paso, con los brazos sobre el pecho, encorvado para no perder calor, el peón empezó a cruzar la sabana. Don Pío lo veía de espaldas. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío.

       -¡Qué día tan bonito, Pío! -comentó con voz cantarina.

       El hombre no contestó. Señaló hacia Cristino, que se alejaba con paso torpe como si fuera tropezando.

       -No quería ir a buscarme la vaca pinta, que parió anoche. Y ahorita mismo le di medio peso para el camino.

       Calló medio minuto y miró a la mujer, que parecía demandar una explicación.

       -Malagradecidos que son, Herminia -dijo-. De nada vale tratarlos bien.

       Ella asintió con la mirada.

       -Te lo he dicho mil veces, Pío -comentó. Y ambos se quedaron mirando a Cristino, que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana.

One response to “Cada sábado, un cuento

  1. La actitud de don Pio,esa actitud tipica y desconsiderada del patron y muy enraizada en nuestra cultura rural y ya no tanto de la actualidad es la que permite que surjan individuos abusadores como el pelotero Ambriorix Burgos, y otros similares en el parnaso nacional,jejejej para decirlo de alguna forma;Todos estos personajes son cultivadores de la impunidad basada en la posicion economica y el poder,por eso es que en la politica se matan en balaceras y agresiones en las manifestaciones.
    La nacion que cultiva ese estilo de vida es muy desgraciada y muy dificilmente saldra a camino.

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